Las normas de verdad (actualizado)

Hoy he necesitado cuatro cervezas para encontrar dónde dormir. Dos para acercarme, otra para concretar y otra para celebrarlo. Sin embargo no las tengo todas conmigo.

Aunque no se ve gente en la foto, he necesitado mis mejores habilidades sociales para poder acampar aquí.

Las ermitas con bar al lado son tentadoras. Te acercas por la tarde, charlas con la gente y te suelen recomendar algún sitio (los amigos de Ouzande están en otra liga).

Aquí al principio me han recomendado un parque, pero tras tomar confianza (y unas copas de no sé qué), al parecer aquel sitio no es muy seguro y estoy mejor aquí, entre las casas.

En el difícil intermedio hasta el anochecer -cuándo acertar a montar la tienda- he conocido al rico del pueblo y a la guardiana de la capilla. Muy interesantes, lo dejo ahí. Salvo la última, diría que todas las personas que he conocido están encantadas con que me quede. Ojalá alguna de las demás no llame a la policía. Veremos quién pone las normas aquí.

Actualización: Creo que he descubierto quién las pone. Tres señoras que ayer no conocí me han preguntado por la mañana entre risas si he dormido bien y me han invitado al café. ¡Da gusto comenzar así el día!

Perdiendo cachitos

En Portugal se queda un trocito de mi bicicleta. Menos mal que iba despacio, si no habría sido una hostia hermosa.

Si no quieres llevarte la alboka de viaje, que sepas que con la bici se puede tocar el acordeón.
No es la foto típica de un blog, pero es lo que hay. Y tampoco sé cómo se recicla un guardabarros.

Por lo demás, en Ourense se quedaron las últimas iglesias habitables. En Pontevedra son bunkers y en Portugal sólo las hacen para rezar -¡será posible!-. Además la costa es más turística y poco más adentro abundan las grandes casas privadas, por lo que el anochecer es un poco más estresante.

Hay muy pocas fuentes, y me he dado cuenta que las gentes de por aquí no beben agua. En una playa inmensa, estuve diez minutos aprovisionándome en la única minúscula fuente que había, y no se acercó nadie más. Bueno, sí, un chico a mojar la espalda al perro, ¡y ni este bebió!